Los Demasiados Autos: Asesinato Simbólico del Peatón

Esta es una escena común en la ciudad de México
La portada de diciembre de la revista Letras Libres reza: “Los demasiados autos”, es el tema central de esta publicación que tiene un tipo de lector francamente muy específico. Mayoritariamente gente interesada en la cultura y el tema político conforman el grupo lector de este medio. Es una lástima que no muchos más sean lectores de Letras Libres, al menos en esta edición ya que en forma por demás brillante los textos de André Gorz -escritor vienés- autor de La Ecología como Política y fundador de Le Nouvel Observateu-, Gabriel Quadri de la Torre, ex director del Instituto Nacional de Ecología y Abel Quezada, maestro caricaturista mexicano- rinden cuenta de un problema que atañe no sólo a organizaciones como la nuestra, sino que impacta a la sociedad como ente heterogéneo y colectivo: Los demasiados autos.
La exposición pública de la proliferación del automóvil como medio de transporte que domina el espacio vial como aquel que tiene adquiridos los derechos y que además margina a al individuo y elimina la posibilidad de una movilidad sana, sustentable es un tema de primera importancia y es asimismo, fundamental que los medios de comunicación aborden el tema.
En 1973 Gorz publicó este texto que reprodujo ahora Letras Libres y que encaja, después de 36 años, perfectamente con la realidad de nuestro país. “Bienes de lujo inventados para el placer exclusivo de una minoría muy rica”, asegura el escritor, es retórico pero no desacertado cuando expone “El egoísmo agresivo y cruel del conductor que a cada minuto asesina simbólicamente a ‘los demás’ a quienes ya no percibe más que como estorbos materiales y obstáculos que se interponen a su propia velocidad (…) una conducta universalmente burguesa”.
¿El automóvil nos asesina simbólicamente como afirma Gorz? sí, claro, a momentos eso parece, eso hace. ¿Somos los peatones un estorbo al automóvil? Una pronta y casi que simplista reflexión:
Con frecuencia recorro caminando las calles de Coyoacán hacia avenida Río Churubusco. Para ello camino por Avenida México que es una calle primaria en la zona. Justo en el cruce con la calle Xicoténcatl, ese simbólico asesinato se hace realidad. No hay un semáforo. El peatón tiene que esperar a que sea la voluntad de un conductor dejarlo pasar o bien esperar que dejen de pasar autos. Las personas al interior del vehículo no asoman –las más de las veces-, ni la menor intención por permitir el paso de quien va caminando ¿por qué? Además de eso cuando el peatón es, digamos audaz, y avanza apelando a la voluntad ajena, provoca –generalmente- una profunda molestia al dueño o dueña de aquel cuadrúpedo motorizado.
El peatón, al auto, le estorba, sí, tiene razón Gorz. Lo asesina y añadir que lo humilla no es inexacto, pero además le expropia el espacio. Se lo quita, se lo gana por más grande, por más fuerte, por más agresivo Infalible avanza y no hay nada que lo detenga.
Añade el autor de este ensayo titulado La ideología social del automóvil “Tras haber matado a la ciudad, el automóvil está matando al automóvil” y luego cita al poeta Iván Ilich: “la gente romperá las cadenas del transporte todo poderoso cuando vuelva a amar como un territorio suyo su propia cuadra, y cuando dude acerca de alejarse muy a menudo”.
Si bien es cierto que el automóvil desplaza del espacio vial y público al peatón, también es necesario que el peatón ejerza con más decisión su derecho al espacio, a la calle, a circular con el mismo valor por este gran ágora que es la ciudad “una colección de vidas” como lo definió el urbanista Salvador Herrera, director de CTS México en un texto para la ONG Ciudad Fundación Humana. Los ciudadanos de a pie –nunca más ad hoc la expresión-, tenemos que “romper las cadenas de ese transporte todo poderoso” y demostrar cuan poderosos son los pies que nos llevan de un lado al otro.
Es fundamental que quienes circulamos caminando o en bicicleta por la selva de asfalto como tituló Abel Quezada su serie de caricaturas que ironizan la calamidad de intentar cruzar una calle para llegar a otro punto, logremos recuperar ese espacio que también nos pertenece tanto o más que a quienes van en automóvil.
Resignarnos a esta realidad avasalladora es limitar nuestros derechos y dejarle todo a esos demasiados autos; lograrlo no es tarea sencilla, empero es obligación ciudadana de todos los días. Tarea que se debe cumplir con la colaboración y comprensión de la autoridad, del sector privado y de aquel que opta por aplanar las calles con la mejor herramienta que tenemos para desplazarnos: nosotros mismos.
En la siguiente colaboración abordaré algunas aristas más de lo que se publicó en Letras Libres.




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